24 de noviembre de 2016

Ética de la marica pura


Paco Vidarte estaba en el epicentro del movimiento LGTBQ en España cuando Zapatero, en 2005, dinamita las dinámicas españolas (y puede decirse que mundiales, que se desencadenan a partir de entonces) de los movimientos LGTBQ con la regulación del matrimonio igualitario. El conflicto entre una exigencia revolucionaria y la concesión de un derecho cortocircuitó el sentido de la militancia, que se enfrentó a una necesidad de redefinición. Ética marica, el último libro de Paco Vidarte, escrito en menos de un mes y publicado un año antes de morir, se dedica a ello. No sin cierta carga de drama, ya que Vidarte necesita encontrar un discurso que justifique que las decisiones del poder puedan favorecer a una minoría si no hay un precio a pagar…


(vía)

Puede ser todo un placer culpable leer al lenguaraz Vidarte despojarse de toda corrección y utilizar todo tipo de recurso semántico capaz de provocar, o reinventar de manera francamente divertida el lenguaje a su antojo, aunque partiendo en general del vocabulario de la subcultura gay. No obstante, pasado el choque inicial del estilo, y de las autoconfesadas prisas en su escritura, Vidarte intuye más que expone el problema y es lúcido en señalar la fuerza del capital en arrastrar a la militancia noqueada por las bondades del zapheterismo, aunque la solución subrayada repetidamente es que una ética general de una minoría debe considerar a todas las minorías o no sería tal. Parece de todos modos increíble que no sea capaz de dar nuevos caminos de trabajo para el movimiento LGTBQ dentro de sí mismo: el trabajo diario, la acción continua… pero ¿haciendo qué? ¿con qué objetivo? Esto sucede posiblemente por el impacto cercano de las leyes, pero con el tiempo se han revelado esas necesidades (regulación contra los ataques y crímenes de odio, educación, mejora de las leyes de transexualidad, etc…). Vidarte obviamente no puede aceptar el posibilismo y necesita la implantación pronta de la proclama, que se desactiva cuando el enemigo aparenta, incluso resulta, no serlo. Claro que el poder crea el entorno debido de creación de desigualdades, pero la praxis inteligente debería tener una hoja de ruta, más allá de la necesidad de actuar sea como sea.


(vía)

Lo que sí hace estupendamente Vidarte es explicar los comportamientos de la minoría LGTBQ ante la mayoría heterosexual, repentinamente atónita ante una realidad tradicionalmente negada. Las dos éticas maricas prácticas que describe, la de solicitud continua (ejemplificada en el perro que siempre pide migajas, las que sean, de la mesa donde comen los señores, y que ahora no debe dejar de pedir) y la de negación (en la que se cierra la puerta al heteropatriarcado y se le niega, por ni tan siquiera merecerlo, la simple posibilidad de entender la cultura y el comportamiento LGTBQ), resumen ejemplarmente pautas habituales.

Es una pena que Vidarte no siga soltando bofetones libertarios como los que encierra este libro. Una lástima también que no haya presenciado los cambios políticos sucedidos en España desde su muerte. Ética marica es un libro divertido, dinámico, agitador y procaz. Puede uno no estar de acuerdo, puede incluso intuir que un lenguaje formal habría sido más efectivo en según qué círculos. Pero se antoja un libro irrepetible.

Paco Vidarte (vía)

12 de noviembre de 2016

Kew


A veces, cuando visito una exposición o un monumento determinado, y sé que las fotos no me lo traerán de veras al recuerdo, intento comprar, si merece la pena, un libro de la Gift Shop del mismo, que con el tiempo y la lectura me recuerden la experiencia estética, y que además, de por sí, puedan merecer la pena. Me es más relevante, porque ya la memoria no puede con todo, y porque creo que con los años, siendo parte ya de una audiencia más trabajada, los impactos parecen durar menos.

Palm House es la principal instalación botánica del parque (vía)

Kew Gardens es el parque jardín botánico nacional británico. Está situado a las afueras de Londres, camino de Heathrow, y es un lugar inmenso que incluye pequeños palacetes, construcciones ornamentales, un jardín botánico en sí, un pequeño museo dedicado a reproducciones modernas y clásicas (fascinantes) de fauna, algunas instalaciones modernas, un bosque aparentemente asilvestrado, etc… Nunca había estado en ellos hasta este año, era siempre una visita postergada, pero por fin se dio una serie de circunstancias favorables, entre la que el clima fue una, la disponibilidad de un día fue otra. A la salida me enamoré de este pequeño volumen que reproduce uno de los primeros libros escritos sobre Kew, a principios del siglo XX, con ilustraciones clásicas a cargo de Edward Bawden, y que incluye también una historia de la formación y cuidados de los jardines, no siempre modélicos, desde que en el siglo XVIII se empezaron a diseñar con las acciones inmobiliaria y botánica de la familia real. Kew es conocido ya en aquellos tiempos por la presencia del rey Jorge III, que lo utilizaba para descansar de su locura, y su abundante familia, caricaturizada hasta el infinito.


Estas caricaturas (algunas expuestas en Kew Palace, las hay también abundantes en algunas exposiciones en Bath), el facsímil de la obra original, las adorables reproducciones naif del libro, o los pósters que invitaban a la población a acercarse a los jardines, adornan un texto histórico que recuerda algunas instalaciones ya perdidas y otras aún en pie. El volumen no es crítico sino que forma parte de la sólida (en todos los sentidos) tradición británica de celebración irónica de lo institucional, acorde posiblemente con el origen georgiano del parque. El disfrute es casi exclusivo para los visitantes que, como yo, tal vez por la perfección del día y ánimo, hayan tenido su pequeño Stendahl un día, en Londres, en el parque. Y demuestra que no soy el único.

Edward Bawden, por Howard Coster (vía)

29 de octubre de 2016

En familia


Según la nota que el autor incluye al final de este libro, los diez relatos que componen Física familiar, de Jon Bilbao, se dividen en tres apartados por su origen diverso, desde relatos inéditos a una versión revisada de su primer libro, pasando por relatos aparecidos en otras antologías. La gran mayoría de ellos versan ciertamente sobre relaciones familiares, aunque no todos. El primer relato da sentido directo al título del libro, pues juega con el principio de incertidumbre (aunque confundiendo el nombre propio de su formulador) en una acertada comparación sobre la imposibilidad de conocerlo todo de otra persona, especialmente de tu pareja.

Dado que el libro cubre en principio varios años del proceso de escritura de Jon Bilbao, puedo aventurarme a ver intereses constantes que también encuentro en los otros libros que he leído de él, Shakespeare y la ballena blanca, y Padres, hijos y primates: las grietas en la joven familia burguesa aparantemente triunfadora, o el poder de la naturaleza como fuerza que amenaza la supuesta civilización, encarnada en más de una ocasión en animales que no se comportan como los humanos esperan. Bilbao es un especialista en relatos y Física familiar es el primer libro de relatos que leo de él, pero tengo pendientes el más antiguo Bajo el influjo del cometa y el más reciente Estrómboli. En ocasiones trabaja la parábola de una manera clara, pero lo que más me ha gustado en varias de las historias de Física familiar es cierta relajación del conflicto que un relato corto siempre necesita, en principio en abundancia, para acabar en pequeños anticlímax de gran inquietud.

Jon Bilbao escribe con un estilo sencillo y en general narrativo sin complicaciones. Su fuerza está en el manejo del ritmo del relato y en el subtexto de la historia, surgidas de una evidente lucidez en la observación social y familiar, que no necesita de ironía para subrayar su valor. Hoy tiene mucho campo desde el que alimentar este interés, desde luego. Lo mejor es que se está convirtiendo en un autor familiar. ¡O tal vez eso no es lo mejor, precisamente!

Jon Bilbao, fotografiado por Markus Rico (vía)



12 de octubre de 2016

1860. Capítulo 5


La tentación en esta reseña de Viva, el quinto libro de la serie histórica de Patrick Deville consagrada a la historia de la humanidad desde 1860, aproximadamente, es decir que por primera vez el protagonista es un país, México, como epicentro de las políticas de izquierda durante los años 30 y 40 del pasado siglo, y no un personaje. Viva (título también del original francés) no es una novela completamente centrada en un personaje, como lo era Peste & Cólera en Alexandre Yersin. Se parece más a Pura Vida o Equatoria, que son más corales aunque William Walker y Pierre Savorgnan de Brazza sean los personajes eje. En Viva sin embargo, sí hay un personaje eje que sin embargo no es alguien olvidado por la historia, sino uno de los personajes más famosos del siglo XX: León Trotsky, quien sí hiciera la revolución (en ocasiones, en el libro aparecen Sandino, Bolívar o El Che y parecen saludar al jefe del Ejército Rojo) y triunfara en ella, para luego caer en desgracia y convertirse en proscrito de la Historia.

León Trotsky

Trotsky, de vocación fundamentalmente literaria, comparte bastante protagonismo en paralelo con Malcolm Lowry y su propia odisea maldita en busca de la escritura de Bajo el volcán, sucedida sobre todo en México. Un México donde también acaban comunistas españoles, fascinantes anarquistas europeos (B. Traven/Torsven/Ret Marut), y donde el mundo artístico en que participaban Frida Kahlo o Diego Rivera se entrelazaba con los comunismos oficial y el de la IV Internacional, y donde la conspiración estaliniana alcanzó una de sus principales cimas. El libro, como en los anteriores, viaja mucho, pero la sensación de México como epicentro es grande. Veremos la Rusia de los viajes de Trotsky y la Francia de su primer exilio, y ciertos apuntes a su exilio posterior. Otros personajes que también surgen o terminan en México nos proporcionan apuntes algo menores de otros lugares.

Malcolm Lowry (vía)

No quisiera que estas reseñas de la serie acabaran convirtiéndose en una comparación entre libros, pero resulta inevitable cuando la familiaridad literaria empieza a imponerse. Viva recoge a un personaje más obligado a viajar que necesitado de ello por un prurito interior, desde su papel en la Revolución Soviética a su persecución hasta la muerte en manos de Ramón Mercader en 1940. Aspira a ser un escritor, y muchos le reconocen como excelente en esa labor, y como tal posiblemente un ser estático aunque necesitado de conocimiento e inquieto por naturaleza, al que el libro comienza a describir en su conocido destino final. Tal vez Deville, como Trotsky, se fascina de ese México postrevolucionario y necesita por ello incluir más personajes con esa misma fascinación, como ese destrozado Malcolm Lowry, escritor como Trotsky, pero hijo de un acaudalado británico que pagó su vida de excesos en busca de una obra maestra. Deville no afronta su retrato de manera diferente a los anteriores: la documentación le sirve para establecer nexos históricos entre viajeros y revoluciones, y conexiones sorprendentes entre los diferentes protagonistas, haciendo de la Historia un juego fluido, una rueda de repeticiones, que alivia con humor y cierto desencanto que, en esta ocasión al igual que en Pura Vida, tiene que ver con la aparente relación necesaria entre revolución y traición, y el sempiterno desencuentro de las izquierdas. Lo cual no impide su retrato certero y preciso de personajes, de sus intenciones, y una empatía con casi todos ellos en una cercanía psicológica que los historiadores no suelen ejercer. Trotsky no es tan malvado como Walker, ni un beato como Yersin, sus matices son más complicados: pocos han escrito la teoría y ejercido la práctica de la Revolución con, al menos, algo de éxito.

Ramón Mercader (vía)

Deville también viaja y conoce a los herederos supervivientes de algún protagonista, recuperando su presencia en el libro, aunque en los anteriores su inmersión era mayor. Tal vez más que tentador será tópico ver en este libro dedicado tan profundamente a México un carácter más evasivo ante hechos incomprensibles acontecidos en un país incomprensible.

Mi agradecimiento a Sergio Sánchez por el volumen. La intención es hacer que Viva rule. Si alguien lo quiere, que silbe por favor…

Patrick Deville (vía)




29 de septiembre de 2016

Volar sin un ala


Antonio Altarriba (guión) y Kim (dibujo) vuelven a colaborar en un cómic en el que era necesario que lo hicieran: la biografía de Petra Ordóñes, la madre de Antonio Altarriba. El libro es el espejo obvio de El arte de volar, el cómic  dedicado al padre de Altarriba, y que fue objeto de reconocimiento y premios hace algo más de un lustro. Altarriba inició el proceso de crear el guión de El ala rota cuando una mujer le interpeló en una presentación de El arte de volar en un pueblo del sur de Francia por su madre, prácticamente ausente en la biografía de su padre.


De estructura similar al libro anterior, El ala rota se inicia con la muerte de la protagonista, momento a partir del cual el narrador, el hijo, cuenta la historia de su madre desde su nacimiento. Si ya ambos libros comienzan con este clímax terrible, no lo es menos en este caso el nacimiento de Petra, momento que explica por qué no puede estirar el brazo desde su nacimiento, y que marcará su carácter: el ala rota del título es ese brazo siempre pegado al cuerpo, oculto a cercanos y extraños, que se convierte en el principal icono del libro, metáfora de las mujeres inhabilitadas de varias generaciones perdidas en la ignorancia y la beatería que imponía el franquismo, y punto visual al que la atención del lector se dirige de manera continua como idea de la modesta pero constante habilidad con que estas mujeres sobrevivieron a su infierno.


Al revés que Antonio, pero de manera lógica por motivos de género y educación, Petra no vive la guerra en el frente ni en el exilio, sino que sufre sus consecuencias encerrada en la vida familiar de su pueblo, Pozuelo de Alarcón, en Valladolid. Es una mujer beata y abnegada, en cuya vida también se cuela la política porque el destino le lleva a servir a la Capitanía General de Zaragoza, regida por un general monárquico desafecto al franquismo y conspirador que confiaba extremadamente en Petra para sus peligrosas conferencias privadas con otros militares y prohombres. De nuevo, Petra es un simbólico agente pasivo donde su futuro marido lo era activo, aunque la posibilidad de hablar de corrientes en el ejército franquista no es desaprovechada por el libro.


El ala rota y El arte de volar comparten estilo gráfico, un realismo costumbrista en blanco y negro, y la intensidad de los detalles de rostros y cuerpos, en los que se centra la narración. Posiblemente El ala rota tiene menos juego visual que El arte de volar, resulta más sencillo en ese aspecto, aunque no renuncie a excelentes hallazgos como las sombras en el mostrador del padre de Petra, o la vida hacia la jubilación de Petra y Antonio una vez su hijo abandona el hogar. Es un cómic más reposado, tal vez menos necesitado de brillantez ya demostrada en el álbum anterior, que sigue siendo igual de emotivo y eficaz en el uso de los recursos metafóricos mencionados, y supone una mirada sentida a quienes no tuvieron permiso ni para intentar la heroicidad, ni para siquiera aprender a volar.

Antonio Altarriba (vía).


18 de septiembre de 2016

El ángel caído


Cuando el lector constante me recomendó con fervor este libro por fascinación hacia su figura central, Eduardo Haro Ibars, confesé no recordar al personaje. No es aparentemente Haro Ibars una de las figuras principales de la movida, ni tampoco aparece demasiado en las recopilaciones nostálgicas de los años ochenta que poco a poco empiezan a remitir (porque probablemente en breve empezarán a recordarnos los noventa), aunque Wikipedia lo nombre prácticamente poeta oficial del movimiento. Tal vez no sea una figura cómoda para los supervivientes, o tal vez directamente los supervivientes no están a gusto recordando demasiado a los caídos. Esta minuciosa biografía, Eduardo Haro Ibars: los pasos del caído, se publicó en 2005, y está escrita por J. Benito Fernández, periodista aficionado a los malditos que anteriormente fuera biógrafo también de Leopoldo María Panero. El retrato personal es prolijo en grado sumo, y da mucho sentido al título del libro: es posible que no exista paso del poeta Haro Ibars que sea conocido y recordado que no registre el libro. Su retrato social y cultural, no sólo del momento estelar que podría ser la movida madrileña, sino ampliado a las cuatro décadas que vivió el poeta, es inmersivo y en gran parte adictivo. Su estilo es… bueno, vamos por partes…

Fuente de El Ángel Caído, en el Parque del Retiro, de Madrid. La escultura es obra de Ricardo Bellver, y la foto de Pablo Alberto Salguero Quiles (vía). El lugar era uno de los preferidos de Eduardo Haro Ibars en la ciudad.

Mencionar el segundo apellido del poeta es necesario porque Eduardo Haro Ibars era hijo de Eduardo Haro Tecglen, periodista al que recuerdo sobre todo por sus crónicas culturales, pero que escribió multitud de ensayos y columnas de todo tipo, vinculado especialmente a la revista Triunfo. Eduardo (nacido en 1948) fue el primero de sus seis hijos (cuatro de los cuales, entre ellos Eduardo, murieron jóvenes), de ninguno de los cuales se ocupó especialmente su padre, cuya vida nómada por su carrera de corresponsal y periodista en diferentes ciudades, especialmente Tánger y París, afectó a la familia. Eduardito era un gran lector, avispado e inteligente, que enseguida empezó a cultivar la escritura, y, todavía adolescente, ya manifestaba su brillantez cultural, su bisexualidad, y su gusto por la politoxicomanía; todas ellas se multiplicaron con la transición y sus nuevas libertades. El anecdotario es inmenso, los avatares de Haro Ibars le hacen amigo de infancia de Diego Galán, conocido de Paul Bowles, letrista magnífico de la Orquesta Mondragón entre otros, compañero de celda, supuesto amante y seguro mítico rival de Leopoldo María Panero, compañero de caza y versos de Luis Antonio de Villena, mentor iniciático de Jaime Urrutia y Fernando Márquez, hermano de músicos que militaban en Ciudad Jardín y Sindicato Malone, participante en programas de televisión, etc… Haro Ibars tuvo una vida desatada y múltiple cuyo malditismo ya se le comentaba en una vida que el VIH se llevó, y que el biógrafo combina con sus publicaciones literarias, que se llevan menos análisis aunque aparezcan algunos poemas y obras de interés, abriéndose el apetito por algunas obras casi históricas, como Gay Rock –pionero en la temática en España; Haro Ibars fue también uno de los primeros promotores del movimiento gay en España- o ese título poético y provocador que es Pérdidas blancas. En ese sentido, tal vez al libro le sobre la infinidad de detalle –con peligro de acabar siendo un casting innecesario de famosos con un aire Who’s Who- alrededor de una vida escabrosa, que seguramente describan a Haro Ibars en una persona inestable, violenta y dificilísima de tratar pero fascinante de cruzarse, y le falte reflexión profunda sobre el valor literario del poeta y cronista múltiple que fue.

Eduardo Haro Ibars y Ángel Luis Martínez Lirio, en una foto de Alberto García Alix.

Haro Ibars vive a caballo de dos épocas, el tardofranquismo y la España de la transición que culmina en el gobierno del hiperlíder socialista Felipe González. El seguimiento de los pasos del poeta que hace el biógrafo ineludiblemente retrata la vida española (y también la tangerina) de 1948 a 1988 y curiosamente se convierte en un envoltorio excitante y necesario de las peripecias del biografiado. No es que Benito Fernández dedique páginas a la situación social o política (de hecho, cuando dedica frases directamente a esto resulta un tanto obvio y sentencioso), sino que la propia casuística de Haro Ibars, un ser necesitado de experiencias en una época en progresión de libertades para conseguirlas y con un padre dedicado al comentario también histórico y político, deviene en un espejo múltiple de épocas donde se cuelan los modos de vivir familiares y juveniles, el retrato de lugares y locales míticos de la noche madrileña, el desarrollo de los medios de comunicación escritos y audiovisuales en que Haro Ibars también participa, el retrato en la música popular y juvenil, y la aparición, consecución y uso progresivo de las drogas. Aunque a Benito Fernández prácticamente no le gusta ninguna de las épocas retratadas, la franquista por gris y la transición y su movida por falsa (y en esto coincidiría con el antisistema por defecto que es Haro Ibars), el retrato social deviene objetivo escapándose entre líneas, probablemente más auténtica en la época estrella retratada al no proceder de una figura altamente mediática, y resulta aclarador como imagen de país en desarrollo.

Madrid me mata, revista de la movida.

Como libro, Eduardo Haro Ibars: los pasos del caído, es una lectura apasionante. Haro Ibars es un personaje fascinante tan cercano a la autodestrucción personal y social como a la genialidad creativa desgraciadamente no desarrollada en plenitud. Benito Fernández transmite esto y una cierta complicidad hacia Eduardo, aunque no llega al cariño o la ternura. La bibliografía es inmensa, además del trabajo de investigación, enorme en entrevistas a diferentes amigos y familiares que aún viven, que obligan a compaginar versiones distintas de los hechos. Al autor le puede a veces el gusto creo que innecesario por el cultismo, que en cierto modo le da protagonismo a él frente al retratado. No obstante, este libro completo, ágil y ameno sobre un personaje inaudito que recupera una época mítica permite situarnos en aquel tópico que decía que si recuerdas la movida, es que no estuviste en ella, e interrogarnos sobre qué significa en realidad vivir nuestra época.

Aquí Luis Antonio de Villena recuerda emotivamente a su amigo.

Aquí Pilar Yvars, madre de Eduardo Haro Ibars, replica la reseña que sobre este libro se publicó en El País en el momento de su publicación.

J. Benito Fernández, fotografiado por Mayte Catalina (vía)


Gracias mil al lector constante por la recomendación y por la cesión del libro. ¡Su intuición fue adecuada!

1 de septiembre de 2016

Las madres


Cada novela que leo de Jonathan Franzen, desde Las correcciones a esta Pureza pasando por Libertad, me supone una tendencia a la baja desde la genialidad equilibrada de la primera, al esfuerzo repetitivo de la última. Pureza es de nuevo una novela larga con ambiciosa vocación de retrato de época (el menos conseguido de los tres), y momentos de narración sublime (en concreto y por encima de otros, la narración de un polvo que no llega en el primer capítulo, y la de un asesinato en el segundo), en la que Franzen, a pesar de utilizar estructuras similares a sus anteriores novelas, ha preferido no centrarse en un núcleo familiar único sino en varias relaciones madre-hijo y madre-hija que articulan freudianamente y de manera algo compulsiva, las motivaciones de los personajes.

Berlín, 1989 (vía)

Purity Tyler, de 24 años y norteamericana, es aparentemente la principal protagonista de la novela, aunque su presencia es coral junto a la de cuatro o cinco personajes más. Su vocación de personaje (subrayada) es doble, porque además de la metáfora de su nombre, aplicable a las aspiraciones profesionales de tipo periodístico-informativo de la mayoría de los personajes, su apodo es el dickensiano Pip, lo cual señala tal vez demasiados puntos de la trama. Pip vive con una madre obsesiva y es tentada a cambiar de trabajo por una agente de Andreas Wolf, alemán del este que de joven adquirió fama en los días en que cayó el muro al ser el hijo rebelde pero aprovechado de un dirigente del país, y que dirige en Bolivia el Sunlight Project, una agencia de filtrado de información vía web que pretende superar las barreras de Wikileaks y su fundador en la denuncia de gobiernos y poderes fácticos. Por su parte, Tom Aberant, también de cincuenta y tantos, dirige una agencia periodística online llamada Denver Independent. Tom tiene madre también alemana, y conoció a Andreas en los años de la caída del comunismo; acabará siendo el empleador de Pip en su agencia, y alojándole en su casa.

Edward Snowden, Julian Assange y Chelsea Manning en su estatua de Berlín obra de Davide Dormino (vía)

La novela dedica un capítulo de larga duración a cada uno de estos personajes, donde una intriga familiar y económica se va dibujando de manera paralela, durante treinta años y en tres países,  a un retrato de cada una de las épocas consideradas, donde los modos de información en la era de la web son el foco principal, pero existe también uno esencial dedicado a la vida en la República Democrática de Alemania. El dedicado a Tom Aberant está significativamente escrito en primera persona, rasgo estilístico que sorprende cuando la novela está bastante avanzada. El capítulo se presenta directamente y aunque su estilo particular se explica posteriormente, resulta chocante, modifica la relación psicológica de la narración con los personajes, y comete el error de hundir más de cien páginas en la descripción de una obsesiva relación de pareja que no necesitaba ser tan prolija. La llegada de nueva narración dinámica en el terreno que mejor se mueve Franzen, la combinación de miserias personales en momentos de Historia, permite sobrevivir al libro del propio riesgo innecesario tomado. El efecto funciona peor que un experimento similar en Libertad: un diario escrito en tercera persona, mejor situado en todos los aspectos en la trama.

La mayoría de capítulos independientes del libro tiene una estructura propia bien dibujada y en general muy eficaz, en el que el toque Franzen funciona excelentemente. Curiosamente, cada uno se centra en una de las estructuras familiares aparentemente unívocas del relato. Sin embargo, el mecánico engranaje entre todos supedita la lectura metafórica a un thriller de identidad sin demasiada entidad, un mecanismo algo vulgar que rebaja el análisis de situación a simples devociones maternofiliales y problemas de relaciones sexuales de pareja. Pareciera que sin ellos no existirían personas brillantes que hicieran grandes cosas por el mundo, y, ante esta idea extraída de la generalidad de las relaciones del libro, yo no puedo sino hacer una mueca de extrañeza.


Jonathan Franzen (vía)