29 de septiembre de 2016

Volar sin un ala


Antonio Altarriba (guión) y Kim (dibujo) vuelven a colaborar en un cómic en el que era necesario que lo hicieran: la biografía de Petra Ordóñes, la madre de Antonio Altarriba. El libro es el espejo obvio de El arte de volar, el cómic  dedicado al padre de Altarriba, y que fue objeto de reconocimiento y premios hace algo más de un lustro. Altarriba inició el proceso de crear el guión de El ala rota cuando una mujer le interpeló en una presentación de El arte de volar en un pueblo del sur de Francia por su madre, prácticamente ausente en la biografía de su padre.


De estructura similar al libro anterior, El ala rota se inicia con la muerte de la protagonista, momento a partir del cual el narrador, el hijo, cuenta la historia de su madre desde su nacimiento. Si ya ambos libros comienzan con este clímax terrible, no lo es menos en este caso el nacimiento de Petra, momento que explica por qué no puede estirar el brazo desde su nacimiento, y que marcará su carácter: el ala rota del título es ese brazo siempre pegado al cuerpo, oculto a cercanos y extraños, que se convierte en el principal icono del libro, metáfora de las mujeres inhabilitadas de varias generaciones perdidas en la ignorancia y la beatería que imponía el franquismo, y punto visual al que la atención del lector se dirige de manera continua como idea de la modesta pero constante habilidad con que estas mujeres sobrevivieron a su infierno.


Al revés que Antonio, pero de manera lógica por motivos de género y educación, Petra no vive la guerra en el frente ni en el exilio, sino que sufre sus consecuencias encerrada en la vida familiar de su pueblo, Pozuelo de Alarcón, en Valladolid. Es una mujer beata y abnegada, en cuya vida también se cuela la política porque el destino le lleva a servir a la Capitanía General de Zaragoza, regida por un general monárquico desafecto al franquismo y conspirador que confiaba extremadamente en Petra para sus peligrosas conferencias privadas con otros militares y prohombres. De nuevo, Petra es un simbólico agente pasivo donde su futuro marido lo era activo, aunque la posibilidad de hablar de corrientes en el ejército franquista no es desaprovechada por el libro.


El ala rota y El arte de volar comparten estilo gráfico, un realismo costumbrista en blanco y negro, y la intensidad de los detalles de rostros y cuerpos, en los que se centra la narración. Posiblemente El ala rota tiene menos juego visual que El arte de volar, resulta más sencillo en ese aspecto, aunque no renuncie a excelentes hallazgos como las sombras en el mostrador del padre de Petra, o la vida hacia la jubilación de Petra y Antonio una vez su hijo abandona el hogar. Es un cómic más reposado, tal vez menos necesitado de brillantez ya demostrada en el álbum anterior, que sigue siendo igual de emotivo y eficaz en el uso de los recursos metafóricos mencionados, y supone una mirada sentida a quienes no tuvieron permiso ni para intentar la heroicidad, ni para siquiera aprender a volar.

Antonio Altarriba (vía).


18 de septiembre de 2016

El ángel caído


Cuando el lector constante me recomendó con fervor este libro por fascinación hacia su figura central, Eduardo Haro Ibars, confesé no recordar al personaje. No es aparentemente Haro Ibars una de las figuras principales de la movida, ni tampoco aparece demasiado en las recopilaciones nostálgicas de los años ochenta que poco a poco empiezan a remitir (porque probablemente en breve empezarán a recordarnos los noventa), aunque Wikipedia lo nombre prácticamente poeta oficial del movimiento. Tal vez no sea una figura cómoda para los supervivientes, o tal vez directamente los supervivientes no están a gusto recordando demasiado a los caídos. Esta minuciosa biografía, Eduardo Haro Ibars: los pasos del caído, se publicó en 2005, y está escrita por J. Benito Fernández, periodista aficionado a los malditos que anteriormente fuera biógrafo también de Leopoldo María Panero. El retrato personal es prolijo en grado sumo, y da mucho sentido al título del libro: es posible que no exista paso del poeta Haro Ibars que sea conocido y recordado que no registre el libro. Su retrato social y cultural, no sólo del momento estelar que podría ser la movida madrileña, sino ampliado a las cuatro décadas que vivió el poeta, es inmersivo y en gran parte adictivo. Su estilo es… bueno, vamos por partes…

Fuente de El Ángel Caído, en el Parque del Retiro, de Madrid. La escultura es obra de Ricardo Bellver, y la foto de Pablo Alberto Salguero Quiles (vía). El lugar era uno de los preferidos de Eduardo Haro Ibars en la ciudad.

Mencionar el segundo apellido del poeta es necesario porque Eduardo Haro Ibars era hijo de Eduardo Haro Tecglen, periodista al que recuerdo sobre todo por sus crónicas culturales, pero que escribió multitud de ensayos y columnas de todo tipo, vinculado especialmente a la revista Triunfo. Eduardo (nacido en 1948) fue el primero de sus seis hijos (cuatro de los cuales, entre ellos Eduardo, murieron jóvenes), de ninguno de los cuales se ocupó especialmente su padre, cuya vida nómada por su carrera de corresponsal y periodista en diferentes ciudades, especialmente Tánger y París, afectó a la familia. Eduardito era un gran lector, avispado e inteligente, que enseguida empezó a cultivar la escritura, y, todavía adolescente, ya manifestaba su brillantez cultural, su bisexualidad, y su gusto por la politoxicomanía; todas ellas se multiplicaron con la transición y sus nuevas libertades. El anecdotario es inmenso, los avatares de Haro Ibars le hacen amigo de infancia de Diego Galán, conocido de Paul Bowles, letrista magnífico de la Orquesta Mondragón entre otros, compañero de celda, supuesto amante y seguro mítico rival de Leopoldo María Panero, compañero de caza y versos de Luis Antonio de Villena, mentor iniciático de Jaime Urrutia y Fernando Márquez, hermano de músicos que militaban en Ciudad Jardín y Sindicato Malone, participante en programas de televisión, etc… Haro Ibars tuvo una vida desatada y múltiple cuyo malditismo ya se le comentaba en una vida que el VIH se llevó, y que el biógrafo combina con sus publicaciones literarias, que se llevan menos análisis aunque aparezcan algunos poemas y obras de interés, abriéndose el apetito por algunas obras casi históricas, como Gay Rock –pionero en la temática en España; Haro Ibars fue también uno de los primeros promotores del movimiento gay en España- o ese título poético y provocador que es Pérdidas blancas. En ese sentido, tal vez al libro le sobre la infinidad de detalle –con peligro de acabar siendo un casting innecesario de famosos con un aire Who’s Who- alrededor de una vida escabrosa, que seguramente describan a Haro Ibars en una persona inestable, violenta y dificilísima de tratar pero fascinante de cruzarse, y le falte reflexión profunda sobre el valor literario del poeta y cronista múltiple que fue.

Eduardo Haro Ibars y Ángel Luis Martínez Lirio, en una foto de Alberto García Alix.

Haro Ibars vive a caballo de dos épocas, el tardofranquismo y la España de la transición que culmina en el gobierno del hiperlíder socialista Felipe González. El seguimiento de los pasos del poeta que hace el biógrafo ineludiblemente retrata la vida española (y también la tangerina) de 1948 a 1988 y curiosamente se convierte en un envoltorio excitante y necesario de las peripecias del biografiado. No es que Benito Fernández dedique páginas a la situación social o política (de hecho, cuando dedica frases directamente a esto resulta un tanto obvio y sentencioso), sino que la propia casuística de Haro Ibars, un ser necesitado de experiencias en una época en progresión de libertades para conseguirlas y con un padre dedicado al comentario también histórico y político, deviene en un espejo múltiple de épocas donde se cuelan los modos de vivir familiares y juveniles, el retrato de lugares y locales míticos de la noche madrileña, el desarrollo de los medios de comunicación escritos y audiovisuales en que Haro Ibars también participa, el retrato en la música popular y juvenil, y la aparición, consecución y uso progresivo de las drogas. Aunque a Benito Fernández prácticamente no le gusta ninguna de las épocas retratadas, la franquista por gris y la transición y su movida por falsa (y en esto coincidiría con el antisistema por defecto que es Haro Ibars), el retrato social deviene objetivo escapándose entre líneas, probablemente más auténtica en la época estrella retratada al no proceder de una figura altamente mediática, y resulta aclarador como imagen de país en desarrollo.

Madrid me mata, revista de la movida.

Como libro, Eduardo Haro Ibars: los pasos del caído, es una lectura apasionante. Haro Ibars es un personaje fascinante tan cercano a la autodestrucción personal y social como a la genialidad creativa desgraciadamente no desarrollada en plenitud. Benito Fernández transmite esto y una cierta complicidad hacia Eduardo, aunque no llega al cariño o la ternura. La bibliografía es inmensa, además del trabajo de investigación, enorme en entrevistas a diferentes amigos y familiares que aún viven, que obligan a compaginar versiones distintas de los hechos. Al autor le puede a veces el gusto creo que innecesario por el cultismo, que en cierto modo le da protagonismo a él frente al retratado. No obstante, este libro completo, ágil y ameno sobre un personaje inaudito que recupera una época mítica permite situarnos en aquel tópico que decía que si recuerdas la movida, es que no estuviste en ella, e interrogarnos sobre qué significa en realidad vivir nuestra época.

Aquí Luis Antonio de Villena recuerda emotivamente a su amigo.

Aquí Pilar Yvars, madre de Eduardo Haro Ibars, replica la reseña que sobre este libro se publicó en El País en el momento de su publicación.

J. Benito Fernández, fotografiado por Mayte Catalina (vía)


Gracias mil al lector constante por la recomendación y por la cesión del libro. ¡Su intuición fue adecuada!

1 de septiembre de 2016

Las madres


Cada novela que leo de Jonathan Franzen, desde Las correcciones a esta Pureza pasando por Libertad, me supone una tendencia a la baja desde la genialidad equilibrada de la primera, al esfuerzo repetitivo de la última. Pureza es de nuevo una novela larga con ambiciosa vocación de retrato de época (el menos conseguido de los tres), y momentos de narración sublime (en concreto y por encima de otros, la narración de un polvo que no llega en el primer capítulo, y la de un asesinato en el segundo), en la que Franzen, a pesar de utilizar estructuras similares a sus anteriores novelas, ha preferido no centrarse en un núcleo familiar único sino en varias relaciones madre-hijo y madre-hija que articulan freudianamente y de manera algo compulsiva, las motivaciones de los personajes.

Berlín, 1989 (vía)

Purity Tyler, de 24 años y norteamericana, es aparentemente la principal protagonista de la novela, aunque su presencia es coral junto a la de cuatro o cinco personajes más. Su vocación de personaje (subrayada) es doble, porque además de la metáfora de su nombre, aplicable a las aspiraciones profesionales de tipo periodístico-informativo de la mayoría de los personajes, su apodo es el dickensiano Pip, lo cual señala tal vez demasiados puntos de la trama. Pip vive con una madre obsesiva y es tentada a cambiar de trabajo por una agente de Andreas Wolf, alemán del este que de joven adquirió fama en los días en que cayó el muro al ser el hijo rebelde pero aprovechado de un dirigente del país, y que dirige en Bolivia el Sunlight Project, una agencia de filtrado de información vía web que pretende superar las barreras de Wikileaks y su fundador en la denuncia de gobiernos y poderes fácticos. Por su parte, Tom Aberant, también de cincuenta y tantos, dirige una agencia periodística online llamada Denver Independent. Tom tiene madre también alemana, y conoció a Andreas en los años de la caída del comunismo; acabará siendo el empleador de Pip en su agencia, y alojándole en su casa.

Edward Snowden, Julian Assange y Chelsea Manning en su estatua de Berlín obra de Davide Dormino (vía)

La novela dedica un capítulo de larga duración a cada uno de estos personajes, donde una intriga familiar y económica se va dibujando de manera paralela, durante treinta años y en tres países,  a un retrato de cada una de las épocas consideradas, donde los modos de información en la era de la web son el foco principal, pero existe también uno esencial dedicado a la vida en la República Democrática de Alemania. El dedicado a Tom Aberant está significativamente escrito en primera persona, rasgo estilístico que sorprende cuando la novela está bastante avanzada. El capítulo se presenta directamente y aunque su estilo particular se explica posteriormente, resulta chocante, modifica la relación psicológica de la narración con los personajes, y comete el error de hundir más de cien páginas en la descripción de una obsesiva relación de pareja que no necesitaba ser tan prolija. La llegada de nueva narración dinámica en el terreno que mejor se mueve Franzen, la combinación de miserias personales en momentos de Historia, permite sobrevivir al libro del propio riesgo innecesario tomado. El efecto funciona peor que un experimento similar en Libertad: un diario escrito en tercera persona, mejor situado en todos los aspectos en la trama.

La mayoría de capítulos independientes del libro tiene una estructura propia bien dibujada y en general muy eficaz, en el que el toque Franzen funciona excelentemente. Curiosamente, cada uno se centra en una de las estructuras familiares aparentemente unívocas del relato. Sin embargo, el mecánico engranaje entre todos supedita la lectura metafórica a un thriller de identidad sin demasiada entidad, un mecanismo algo vulgar que rebaja el análisis de situación a simples devociones maternofiliales y problemas de relaciones sexuales de pareja. Pareciera que sin ellos no existirían personas brillantes que hicieran grandes cosas por el mundo, y, ante esta idea extraída de la generalidad de las relaciones del libro, yo no puedo sino hacer una mueca de extrañeza.


Jonathan Franzen (vía)

23 de agosto de 2016

De Madrid al cielo


Apunta bastante alto Óscar Esquivias con la opción con la que decide terminar la trilogía que se iniciaba con Inquietud en el paraíso y seguía con La ciudad del Gran Rey: no tanto por la abrupta ruptura de la continuidad de ambientación y personajes de las dos primeras novelas, sino por la manera en que Esquivias decide informar, a mitad de novela, de la realidad de sus propuestas fantásticas de las novelas anteriores. Este informe adopta la forma de carta de un lector, y suena real. La opción en sí es literariamente quijotesca: alguien apela al autor de las partes anteriores, y el autor responde en su obra nueva.

Admite el autor en una nota que no era fácil –especialmente para el editor- que Viene la noche rompiera tanto el relato, aunque esto no sucede con el tono. Se ambienta en el Madrid del cambio del año 2006 a 2007, con la sombra de los atentados del 11M por detrás y el terrorismo de ETA, y su protagonista es Benjamín Tobes, un jubilado del barrio de Tetuán, con un papel importante también de su hijo Jaime, escaparatista, y su nuera Sara, enfermera en una maternidad. La vida durante unos meses de esta familia lleva consigo también costumbrismo algo desfasado (sobre todo por el carácter tan atractivo como fuera de su tiempo de Benjamín) y retrato no tanto de una ciudad como de un barrio. La capacidad humorística de Esquivias está presente con su uso inteligente de la réplica, aunque de nuevo existe una corriente dramática y amarga.

Atentado de la T4 de Barajas (vía)

En teoría, Viene la noche corresponde al Infierno, pero las alusiones son, en principio, menos presentes que en las novelas anteriores. En cierto modo, este infierno moderno puede ser una alusión al terrorismo (pero es dudoso) o a la sangrante memoria histórica española (porque tal vez sólo podamos explicarnos la Guerra Civil con una fantasía como la de Dante), pero no existen subrayados (ni siquiera entre paréntesis). En el libro debiera haber un Virgilio que guíe al autor, y ese sólo podría ser Benjamín, pero este sufre un gran desconcierto personal ante el desmoronamiento inesperado de su familia, un estado en cuya descripción Esquivias alcanza una cota emotiva significativa. Benjamín es un castellano recio, de hablar preciso y juicio conciso, a veces severo y a veces divertido, casi siempre irónico, que cualquier hijo de castellanoleonés reconocemos con facilidad. Su dolor, su pasmo, ante la noticia que su hijo le da, me permite identificar un rasgo nuevo de los ancianos, entendiendo por tales aquellos que consideran firmes los asientos de su vida, ante el desconcierto de la modernidad. Interpreto también una lectura sobre el coming out de lo más sugerente, que en mi opinión –o en mi lectura- completa el círculo del destino del pobre Ricardo Gorostiza de manera muy sutil.

Óscar Esquivias (vía)


(Gracias definitivas a @vonpatata por la buena mandanga de esta trilogía tan disfrutable)

12 de agosto de 2016

Y mientras tanto, en Euskadi… Capítulo III


Tras la lectura de la primera parte de la historia del EAJ-PNV, que abarcaba desde su fundación al inicio de la Guerra Civil, he optado por el volumen que dos de sus autores, Santiago de Pablo y Ludger Mees, publicaron recogiendo un conjunto de la historia del partido hasta 2005, pero en el que sólo he leído los capítulos posteriores a 1936. Se trata de un libro más resumido, en el que la profusión de notas del tomo anterior ha desaparecido, y en el que también se ha caído uno de los tres autores.

El libro resulta más dinámico, aunque sin duda ayuda que el relato se acerca a los tiempos actuales, en los que existe también una mayor inmediatez en el recuerdo del lector. Pero, no obstante, este volumen incluye el largo desierto de la dictadura franquista, en el que la influencia del partido en la política vasca lógicamente se diluye hasta casi desvanecerse, y aunque sigue existiendo una intrahistoria profusa que los autores analizan con detalle, su peso práctico –e incluso su sombra sobre los años posteriores- es tan escaso que el interés también se resiente. La opción es distinta a la de Eguiguren en su libro sobre el socialismo vasco, en que este período se resume grandemente (casi hay más presencia de Indalecio Prieto en esos años en este libro, por su plan de intentar acercarse a una opción monárquica para recuperar la democracia, que, aunque quedó aparcado en su tiempo, resultó premonitorio).

Logos PNV (vía)

El devenir pendular del EAJ-PNV que los autores proponen en su (espléndido) título se confirma en el conjunto de años considerado, de 1936 a 2005. Curiosamente, en un partido con una historia plagada de escisiones, su eje entre pragmático y rupturista no parece ser el inicio de las dos principales escisiones de este periodo: la de ETA (que los autores presentan como un choque inicialmente generacional por parte de juventudes que los viejos jelkides del período republicano ya no entendían y a los que apenas escucharon, y que luego derivó en la lucha armada), y la de EA (un conflicto en apariencia sujeto a la organización territorial interna del territorio y/o del partido que camuflaba un choque homérico de liderazgos entre Xabier Arzalluz y Carlos Garaikoetxea). Durante la dictadura, el PNV tuvo una influencia importante en la política nacional, tal vez la mayor de su historia, donde la figura y relaciones internacionales especialmente del lehendakari José Antonio Aguirre resultó de importancia en las finalmente frustradas posibilidades de recuperar la democracia (en principio, republicana) en España. En democracia, su desapego y apego hacia los gobiernos centrales continúa esta cierta lógica (que la ausencia del partido en la ponencia constitucional le ha permitido explicar/justificar durante décadas), aunque el libro se para en 2005 (con Josu Jon Imaz como presidente aún del EBB), con los autores preguntándose si el péndulo se pararía por fin en su lado rupturista, dadas las iniciativas de Ibarretxe en aquel momento. En los once años transcurridos ya hemos visto que no, aunque los motivos y motivaciones, y su explicación, pueden ser variados.


José Antonio Aguirre, 1939 (vía)

De nuevo, el libro, como en el caso anterior, es interesante y fácil de leer. La dureza de los años de la dictadura se compensa con la agilidad de los años de la democracia, pues su devenir influye de manera clara en los momentos actuales, aunque el análisis en perspectiva histórica no pueda ser tal por la falta de conocimiento de documentos e intrahistoria (los autores lo reconocen también así). De nuevo podrían ser necesarios algunos perfiles personales en mayor profundidad (un político de las características y relevancia de Arzalluz casi lo exige; el propio de Aguirre tampoco es excesivo; y a Irujo, Monzón, Ajuriaguerra o Leizaola ya resulta difícil ponerles cara…), pero los autores no han deseado este tipo de acercamiento.

Arzalluz, Benegas y Suárez el día de la aprobación del Estatuto de Autonomía (vía)

El posicionamiento de los partidos políticos vascos (nacionalistas o no) frente al terrorismo de ETA, su motivación y su relación con los acontecimientos históricos, es el mayor conflicto real que ha vivido la política vasca en el último medio siglo. El análisis ético de esta posición no existe de manera profunda en este libro (sólo hay los apuntes debidos sobre lo tardío y laxo de la condena al mismo por parte del PNV durante años, a pesar de que sus militantes han formado parte de los acosados y asesinados por las diferentes facciones del terrorismo vasco), ni en el de Eguiguren. Esta serie de lectura debe seguir por tanto por conocer esos hechos. A ello llegaremos.


Santiago de Pablo (vía) y Ludger Mees (vía)


25 de julio de 2016

Chavs


Owen Jones es un columnista y activista político inglés que se ha hecho tremendamente popular en España. Al libro que toca hoy comentar, Chavs. La demonización de la clase obrera (publicado en 2010, con apenas 26 años), se unen sus actos de campaña en favor de Podemos (de cuyo apoyo exterior es un importante baluarte), o, para quien haya seguido los análisis del atentado de Orlando (12 de junio, hace sólo cinco semanas), su indignada respuesta a los sesgados análisis del mismo.

Chavs (aquí una descripción de lo que significa chav según Wikipedia) es un estupendo bofetón a la visión que sobre las clases bajas han impuesto ricos, clases medias, intelectuales, y clases políticas, a través de los medios y de decisiones gubernamentales que surgidas especialmente en el thatcherismo y refrendadas –menos vigorosamente, pero aun así- por el nuevo laborismo, ayudaron a que una clase trabajadora organizada y solidaria terminara en un conjunto actual degradado económica y socialmente. Jones estudia las acciones que Thatcher empleó para minar el poder sindical (al que se consideró a finales de los setenta el centro de los males del país como un poder en la sombra), para convertir la sociedad industrial inglesa en una de servicios, para pervertir la política de vivienda social y acumular en ella a la sociedad con más problemas económicos y sociales, y para desplazar la economía desde las industrias hacia las finanzas. La consecuencia fue la progresiva imposición de la cultura de la meritocracia individual, y la continua apelación a que los trabajadores se habían buscado su mala suerte ahora que en Gran Bretaña todos eran clases medias, con la connivencia mediática de periodistas, analistas políticos, clases intelectuales, y series de televisión donde esta clase trabajadora es ridiculizada desde hace décadas.

Vicky Pollard (vía). Jones acusa a la serie Little Britain de extender tópicos injustos sobre las madres solteras británicas a través de este personaje

El exhaustivo análisis de Jones, aunque lúcido y en ocasiones desgarrador, acaba siendo algo repetitivo, en un libro algo falto de estructura y al que le falta edición. Jones niega que se trate de una exaltación nostálgica de las viejas clases trabajadoras que ya sabe que no volverán como tales (y analiza bien para ello las nuevas características del empleo de baja cualificación en el servicio, los supermercados o los call center), pero apenas ofrece soluciones de futuro a partir del momento actual, siendo quizás la propuesta de empresas públicas tipo cooperativa la única de calado que no consista en la (im)posibilidad de volver a tener la industria pesada a Gran Bretaña, que pueda dar más sentido a la lucha sindical. A la vez que aboga por regresar al espíritu comunitario laboralista, se aferra a la imposibilidad de conseguir condiciones de vida de clase media real  para la población heredera de la clase trabajadora, lo cual resulta un tanto materialista en el sentido de la lucha de clases (y es un punto que no comparto), pero para lo que, al parecer, encuentra sentido en la desigualdad existente, de modo casi determinista, en la sociedad británica.

El foco de Chavs es exclusivamente la situación de Gran Bretaña, y resulta difícil juzgar si determinados edificios son completos o si ciertamente, la luz puesta en la demonización es tan intensa –y la deja en tal evidencia- que apenas se fija en otros elementos. Las críticas que Jones hace a series de televisión, películas, grupos de música, o al diseño de la Premier League, apenas recogen contratestimonios o contraejemplos, e incluso los de cineastas como Stephen Frears o Ken Loach aparecen de manera anecdótica. Cierto es que el punto de vista es político y no estético o artístico, y el reflejo de la denuncia en lo político queda claro, pero, al menos en cine, yo sé que existen ejemplos a discutir que no encajan con una animadversión de lo audiovisual hacia las clases trabajadoras. ¿Puedo extrapolar esto a otros puntos? No lo sé, y es casi seguro que no al campo político que Jones conoce bien. El libro fue obviamente criticado por muchos analistas, y en el epílogo Jones aprovecha para responder.

Chavs se publica en 2010, y, por tanto, determinadas consecuencias y responsabilidades de la crisis económica de la última década tienen cabida en el texto. La crisis y sus consecuencias para las clases bajas encuentran lógico acomodo en el discurso de Jones, que casi puede presentarla como un resultado lógico de la dialéctica perversa de la lucha de clases impuesta por las clases altas desde el thatcherismo. Así sucede con los disturbios de Londres en el verano de 2011 (comentados en el epílogo), o, un lustro más tarde, incluso con el Brexit (ante el que el propio Jones no supo ver el tipo de fuerzas que su euroescepticismo, como el del ala izquierdista del laborismo, ayudaba a consolidar). Ventajas del método dialéctico, supongo.

Owen Jones (vía)

8 de julio de 2016

Austriaco, judío, escritor, humanista y pacifista


Estos calificativos con los que Stefan Zweig se define en la introducción de su autobiografía, este fabuloso libro titulado El mundo de ayer. Memorias de un europeo, nos colocan inmediatamente en el centro del horror europeo de hace más de ochenta años, que es el momento y motivo por el que este hombre decide escribir su vida, como memoria de una Europa que ya no era y de una vida culturalmente riquísima, y antes de suicidarse en su exilio brasileño, unos meses antes de que la II Guerra Mundial diera un vuelco con el avance de la batalla de Stalingrado.


Palacio Imperial de Viena, de donde emanaba la seguridad 

Zweig escribió el libro desposeído de prácticamente todo, basándose en su memoria, y sin tener a su alcance sus recuerdos, libros ni apuntes, ni poder visitar los lugares que vio durante su vida. Fue un europeísta convencido en tiempos que ahora no imaginamos pero que él creía humanistas y progresistas, que vivió el final de un período de paz inusualmente largo en Europa (sólo superado por el actual), y, sobre todo, el final de un imperio caduco como el austriaco en la gran primera herida que rompe su vida, la Gran Guerra. 

Ofrece especialmente en sus primeros capítulos un fresco vivaz, dinámico y profundo de la sociedad vienesa del cambio de siglo, envidiable como ninguna en su potenciación y disfrute de lo cultural, pero rancia y moralista como correspondía a un gobierno milenario y decadente. Su análisis parte del rasgo psicológico personal, pasa por la descripción social y su moral burguesa, y la influencia en la vida cotidiana, y termina con la situación política y el aparente absurdo de las guerras que vivió, bajo una capa de amargura por los valores perdidos y un terrible pesimismo ante el futuro inmediato; la combinación es arrebatadoramente emotiva por momentos, aumentada por el recuerdo de sus inicios profesionales, y el hecho que nosotros sabemos y Zweig no: que acabaría suicidándose por todo ello. Resulta especialmente brillante, y entiendo que posiblemente de manera muy válida como testimonio histórico, en el periodo que va de su infancia a 1914, y en su descripción del estallido de la I Guerra Mundial. Zweig además fue de los pocos intelectuales de la cultura alemana que, a diferencia de lo que sucedió con muchos de ellos en la II Guerra Mundial, fue antibelicista durante el conflicto.


Secesión

La riqueza de la prosa y el ritmo del libro pueden tener parte de mérito en la traducción. Rara vez nombro aquí a los traductores que me veo obligado a leer, en este caso J. Fontcuberta y A. Orzeszek, que espero hayan disfrutado con su trabajo, al obtener la sensación de fluida literatura, comprometida, sentimental e intelectual que en castellano tenían coetáneos de Zweig que también sufrieron guerras como Eugenio Xammar o Manuel Chaves Nogales. ¿Sería cosa de los tiempos?


Stefan Zweig, a los 19 años (vía)

¡Mi debido agradecimiento a Jonathan y Eugenia por el libro!