29 de junio de 2014

Optimismo


It is fashionable these days to decry ‘food miles’. The longer food has spent travelling to your plate, the more oil has been burnt and the more peace has been shattered along the way. But why single out food? Should we not protest against T-shirt miles, too, and laptop miles? After all, fruit and vegetables account for more than 20 per cent of all exports from poor countries, whereas most laptops come from rich countries, so singling out food imports for special discrimination means singling out poor countries for sanctions. Two economists recently concluded, after studying the issue, that the entire concept of food miles is ‘a profoundly flawed sustainability indicator’. Getting food from the farmer to the shop causes just 4 per cent of all its lifetime emissions.
(vía)

No es fácil sustraerse al tono de optimismo en la capacidad humana de innovar y salir adelante que tiene este libro de Matt Ridley, titulado The Rational Optimist, y expresamente pensado para combatir a catastrofistas y pesimistas profesionales sobre el futuro de la humanidad y del planeta. El libro usa una numerosa cantidad de datos, una bibliografía extensa, y una argumentación atenta a visiones alternativas e inteligentes de la información para desmantelar los puntos de vista de una mayoría de ensayistas, historiadores y científicos deseosos de ver un negro futuro para todo(s).
Consider the opening Words of Agenda 21, the 600-page dirge signed by world leaders at a United Nations Conference in Rio de Janeiro in 1992: ‘Humanity stands at a defining moment in history. We are confronted with a perpetuation of disparities within and between nations, a worsening of poverty, hunger, ill health and illiteracy, and the continued deterioration of the ecosystems on which we depend for our well-being’. The following decade saw the sharpest decrease in poverty, hunger, ill health and illiteracy in human history.
Porcentaje de incremento de la población mundial (vía)

La esperanza de Ridley está puesta en la innovación conseguida por los humanos gracias al intercambio de ideas y a la especialización. Basándose fundamentalmente en las ideas de Adam Smith, defiende la existencia de una inteligencia colectiva obtenida gracias a la división del trabajo, y analiza la historia de la humanidad, especialmente la de sus revoluciones económicas, aplicando el método del intercambio de ideas como una reproducción sexual de las mismas capaz de aportar cada vez soluciones más adecuadas y adaptadas a su entorno.
The Phoenician diaspora teaches another important lesson, first advanced by David Hume: political fragmentation is often the friend, not the enemy, of economic advance, because of the stop which it gives both to power and authority. There was no need to Tyre, Sidon, Carthage and Gadir to unite as a single political entity for them all to prosper. At most they were a federation.
Tasa de homicidios en Europa

Los datos que Ridley expone son apabullantes y aparentemente incontestables. Su argumentación en temas tan sometidos a polémica como los transgénicos, el cultivo de biocombustibles, el cambio climático, la bondad ecológica y social de las ciudades, es desbordante. Pero a veces parece que el entusiasmo le puede, y un lector acostumbrado a otras visiones (que somos casi todos), puede pensar que peca de ingenuidad, o, más peligrosamente, de un neoliberalismo encubierto y tramposo, aunque opino que no es el caso por mucho que la defensa del intercambio y la división del trabajo parezca ser asimilada por la del mercado en su peor acepción. Él lo niega, pero en los casos en que aparece en el libro su argumentario es menos entusiasta… A veces parece defender su método sólo cuando el discurso encaja en sus ideas, y se olvida si ha de subrayar la innovación que pueda mejorar por ejemplo las partes dudosas de tecnologías como las energías renovables o el cultivo de biocombustibles. Además, Ridley usa muchos datos relativos, que son ciertos, pero no los únicos con valor, y puede caer en cierta inmisericordia al aceptar un progreso a largo plazo que sin embargo puede ser cruel con el hombre concreto en el corto.

No obstante, sus hipótesis sobre las civilizaciones imperiales (Roma entre ellas) y las élites burocráticas –militares, sacerdotes, escribanos, funcionarios parásitos…- como esquilmadoras del beneficio incontestable para la sociedad en su conjunto del intercambio de bienes e ideas, o su escepticismo ante las continuas desgracias medioambientales que ya debían haber destrozado el planeta hace décadas según los agoreros profesionales (superpoblación, lluvia ácida, agujero de ozono), le hace tratar temas universales con un análisis profundo y detallado, sin dejar prácticamente tema histórico o político de relevancia económica sin tocar.
I am happy to cheer, with Deirdre McCloskey: ‘Hurrah for late twentieth-century enrichment and democratization. Hurrah for birth control and the civil rights movement. Arise ye wretched of the earth.’ Interdependence through the market made these things possibl. Politically, as Brink Lindsey has diagnosed, the coincidence of wealth with toleration has led to the bizarre paradox of a conservative movement that embraces economic change but hates its social consequences and a liberal movement that loves the social consequences but hates the economic source from which they come. ‘One side denounced capitalism but gobbled up its fruits; the other cursed the fruits while defending the system that bore them’.
La confianza de Ridley en las estrategias abajo-arriba para crear riqueza es definitiva. Cree que estas estrategias han fallado en la Historia cuando no han existido las condiciones adecuadas que aseguraran la confianza o la transparencia básicas para el intercambio. Cree que los catastrofistas usan de continuo la premisa ‘si todo sigue igual…’ cuando en realidad nada lo hace. En este caso, afirma, en efecto pereceríamos como especie. Pero, en mi opinión, Ridley es reacio a ver un posible valor constructivo de lo que él llama pesimismo como herramienta de advertencia, detección o subrayado de problemas. Esto también depende del interés de las formulaciones, de sus objetivos, y de su visión. En definitiva, también de la forma y no sólo del fondo…

Fallecidos en los EE.UU. por enfermedades relacionadas con el agua

Note that the greatest impact of an increasing-return wave comes long after the technology is first invented. It comes when the technology has been democratized. Guttenberg’s printing press took decades to generate Reformation. Today’s container ships go not much faster than a nineteenth-century steamship and today’s internet sends each pulse little quicker than a nineteenth-century telegraph- but everybody is using them, not just the rich. […] The story of the twentieth century was the story of giving everybody access to the privileges of the rich, both by making people richer and by making services cheaper.
En definitiva, un  libro excitante y pedagógico, escrito con un preciso sentido literario del ritmo, que propone un punto de vista optimista para el futuro, que incluye multitud de pensamientos destacables, y al que encuentro paralelismos y diferencias interesantísimas con el Colapso de Jared Diamond. Las colaboraciones periodísticas de Matt Ridley pueden seguirse en su propio blog.

Matt Ridley fotografiado por John Watson (vía)





21 de junio de 2014

Podemos. Ser. Héroes.


Como en varias de sus novelas anteriores, Mario Vargas Llosa cuenta en El héroe discreto dos historias diferentes con paralelismos o conexiones más o menos casuales. El héroe del título es un modesto empresario transportista de Piura, con mujer, dos hijos y amante, a quien unos extorsionadores piden dinero a cambio de seguridad, a lo que él se niega, poniendo el asunto en manos de la policía, donde el sargento Lituma trabajará en el caso. Por su lado, en Lima, otro personaje de una novela anterior de Mario Vargas Llosa, don Rigoberto, recién jubiliado y que planea un viaje cultural a Europa con su mujer, se enfrenta a dos problemas: por un lado, los hijos del dueño de la empresa de seguros para la que trabaja le acosan por haber sido testigo de la boda de dicho hombre con su empleada de hogar cuarenta años más joven; por otro, su propio hijo adolescente tiene conversaciones frecuentes con un hombre misterioso al que nadie conoce pero que conoce a todos, y que se le aparece en lugares insospechados con intereses ambiguos.

Piura (vía)

Además de las dos historias paralelas y convergentes, Vargas Llosa usa como siempre de manera magistral su técnica de cruce de diálogos en cada una de ellas, tejiendo escenas que suceden en diferentes tiempos y lugares, con gran agilidad y haciendo avanzar acción y relaciones entre personajes.

El héroe discreto parece en muchos sentidos una novela de recuperación. Mario Vargas Llosa recupera un par de personajes de sus novelas anteriores, vuelve también al Perú, tanto a la alta sociedad limeña como a una ciudad poblada por cholos, y escribe con gran profusión de disfrutable vocabulario peruano. La maestría narrativa está ahí, pero el edificio tiene menos fuerzas que en ocasiones anteriores. ¿Por qué? Tal vez en lo estrictamente dramático las dos tramas son en exceso previsibles, y, en el caso de la limeña, incluso está mal cerrada. Tal vez la posible profundidad humana de las mismas queda un tanto desdibujada por dichas resoluciones, pues la resistencia honorable y reconocible del acoso es un asunto que como tema moral depende también del carácter del acosador, cuya concreción aquí no es relevante más allá de lo privado o personal, y que no alcanza tampoco un plano abstracto (como sería el estilo de Michael Haneke en Funny Games o Caché, por poner un ejemplo). De este modo, y sorprendentemente en la novelística de Vargas Llosa, pareciera que todo se reduce a mostrar los peligros algo maniqueos y superficiales que los esperables hombres de bien tienen por parte de seres simplemente envidiosos, vagos y celosos, a causa de construir riqueza y país.

Desprovista por ello de la hondura psicológica de los personajes que en general eleva las novelas de Vargas Llosa a obras maestras, El héroe discreto es un título placentero de leer por la técnica fluida de un autor experimentado, pero poco trabajada, sin el equilibrio entre divertimento y profundidad literaria que normalmente atesora su autor.

Mario Vargas Llosa (vía)










8 de junio de 2014

Vasconia


Reseña previamente publicada en la Revista Cultural Factor Crítico)

El título de este libro es en sí peculiar, considerando que empieza con la definición que Menéndez Pelayo y Engels hicieron de los vascos como pueblo sin historia. Jon Juaristi lo discute, primero directamente, y posteriormente con un volumen de más de 300 páginas, que obviamente no es la Historia General del País Vasco de Julio Caro Baroja, pero que tiene espacio suficiente para profundizar en este pueblo que lo que no hizo de manera generalizada hasta muy recientemente es escribir en su propio idioma.


Yendo más allá, el título es incluso equívoco en otro punto: el autor, necesitado de hacer definiciones sobre la lengua, geografía y nombre de los vascos y su país, y dado que este constituye un pueblo sometido a mitos e intereses, decide usar el nombre de Vasconia para el país cuya historia va a resumir como el más correcto de acuerdo al devenir histórico y a la libertad que tal denominación, no usurpada aparentemente por ninguna ideología, disfruta en la actualidad. Con poco éxito, creo, pues resulta forzada la aparición constante de dicho nombre también en su estudio de épocas recientes en las que no se usa como definición alguna.

Jon Juaristi es un vasco de biografía en conversión continua, especialmente en lo político, pero también en lo religioso (pues, sorprendentemente, se ha convertido al judaísmo). Es una figura inevitablemente polémica, denostada desde el nacionalismo vasco especialmente tras su participación en ¡Basta Ya!, y reconocida institucionalmente en los órganos culturales del gobierno central, de los que ha recibido premios literarios y en los que ha ostentado cargos públicos. Tal vez la Historia mínima del País Vasco no sea un libro canónico para conocerle, dado que se inscribe en un formato necesariamente resumido, pero ha resultado así en mi caso.

Juaristi es consciente de que usar un término como Vasconia, sin entrar en más disquisiciones, le enfrenta a gran cantidad de lectores potenciales y originarios del lugar cuya Historia describe. Supongo que busca también un apunte subversivo en el uso de una grafía exclusivamente castellana para nombres propios y topónimos de origen vasco, incluso para el propio nombre del idioma, que menciona como eusquera, a pesar de que euskera figure en el diccionario de la RAE. Pero, aparte de esto, Juaristi utiliza un vocabulario culto y una sintaxis precisa y sencilla, adecuada para el objetivo del libro. Es descriptivo en la medida en que le deja el formato, y no hace política de manera directa sobre el lugar que considera que los vascos puedan merecer en la Historia. Puntúa el relato con ironías, aunque poco frecuentes, y resulta bastante claro en su resumen de algunos episodios (la hidalguía de los vizcaínos, el éxito del modelo foral en el XIX), y en otros se deja sobrepasar por acontecimientos y nombres (los reyes de Navarra) que no aportan demasiado o que podrían haberse resumido mejor en un gráfico. Es coherente que no olvide la Vasconia francesa, aunque por otro lado desaparece casi por completo en los dos últimos siglos.

El punto fuerte en cualquier caso es su conciencia de provocación en la desmitificación. En algunos casos puede ser poco traumática (como en la cuestión de la supuesta resistencia vascona a romanos o árabes, o en la hipótesis de origen del idioma más plausible para él), pero en otras resulta al menos discutible por planteamiento insensible (al afirmar por ejemplo que es necesario revisar el tópico de la persecución enconada del eusquera durante el franquismo). También los detalles y su descripción redundan casi siempre en negación de lo vasco como inicio de especificidades que pudieran explicar el porqué también emocional y no sólo histórico-político del nacionalismo, con algún olvido de interés, como las formas supuestamente democráticas que funcionaron (¿o no?) en las elecciones a Juntas de los territorios muchos siglos atrás. Con ello no digo que no existan capítulos dedicados a la cultura, la economía, o la vida práctica. Hablo más bien de un cierto desapego científico hacia gran parte de todo ello, que es lúcido siempre en lo desmitificador pero ausente en cualquier atisbo de contrariedad a esa tesis. No es extraño preguntarse si esta desafección, esta falta de pasión hacia el objeto de estudio, es el resultado de confundir dicho objeto con la ideología dominante en el mismo, o bien resultado de una exigente frialdad científica e historiadora alejada del terreno que estudia. Quedaría discutir a la luz de todo esto también si el libro tiene el valor comunicativo, también pedagógico, que cabe esperar en un volumen de Historia para un gran público.

Jon Juaristi (vía)