20 de noviembre de 2017

Cerebro parlante



 

Detrás de un título que me parece feo como Lo que el cerebro nos dice (el original –The Tell-Tale Brain- es mejor y una hasta bonita cierta sutil referencia al cerebro como contador de historias) se esconde una apelación a la necesidad de trabajo experimental para llegar a conclusiones fiables en el estudio neurológico, que es el tema del libro. El subtítulo, Los misterios de la mente humana al descubierto, no obstante, no augura lo mejor, con su aire esotérico en lugar de científico. Sería así fácilmente un libro que no comprara, pero como fue un regalo de dos lectores ávidos y rigurosos de divulgación científica, mantuve la confianza.

 
Un paciente amputado usando una caja espejo para poder entender su miembro fantasma (vía)

E hice bien: Lo que el cerebro nos dice es una fascinante descripción de problemas neurológicos por parte de su autor, un reconocido neurólogo llamado V.S. Ramachandran, que consigue –o intenta, pues no siempre es posible- diagnosticarlos con una recia atención a los diferentes síntomas de los enfermos para, a partir de ello, intentar dilucidar la estructura funcional del cerebro como órgano, mejorar en su comprensión, y, claro está, en la solución a enfermedades. Los ejemplos son un montón: los llamados miembros fantasma, la empatía física con el dolor o placer ajenos, las personas que sufren diferentes tipos de sinestesia y autismo, los trastornos diferentes de habla o lenguaje, el reconocimiento de la voz de una persona pero no de su cara, ¡incluso los fundamentos cerebrales de la apreciación del arte! y un largo etcétera. El libro interpreta fisiológicamente los resultados que obtiene, lo hace de manera llana y accesible, y aunque en algunos apartados teoriza algo más allá de las deducciones más lógicas, toma precauciones al decirlo y rara vez establece paralelismos con otras aproximaciones al estudio del comportamiento cerebral, aunque es inevitable que trate del psicoanálisis en el capítulo dedicado a la introspección y la conciencia.

Ejemplos de posible sinestesia

Entre lo mejor de Lo que el cerebro nos dice está la sensación de entusiasmo que desprende el autor, aparentemente fascinado por el tema de estudio, que permite además aprender en detalle aun siendo neófito, y siempre que no se desee distinguir al dedillo el nombre de cada región cerebral. Por otro lado, y lamentablemente, no está tan interesado en la literatura como tal, diría yo. No lo digo por la estructura del libro, que sigue una cierta pauta divulgativa y trabaja bien los gráficos, sino más bien por el rancio sentido del humor del autor –con una serie de chistes innecesarios que a veces aparecen en sus frases con objetivos desconocidos-, y una redacción mejorable, que nos trae de nuevo al asunto de la traducción. En fin, se puede escribir de cosas interesantes, pero no por ello hacerlo bien del todo.

 
V.S. Ramachandran, por David Shankbone (vía)

6 de noviembre de 2017

Wapshot



 

Entre los autores pendientes que como arena escurrida entre los dedos nunca había leído está –estaba- John Cheever, y creo que eso me ha pasado por no ser un lector preferente de relatos cortos. ¿Puede incluso que el momento de su fama coincidiera con otro cuentista al que sí leí, Raymond Carver, que me decepcionó? Es posible. En estos casos uno siempre puede confiar en la Biblioteca Constante, cuya titular acudió a mi rescate por iniciativa propia, insistió en que debía leer a Cheever, y me cedió este volumen doble que incluye dos novelas: Crónica de los Wapshot, publicada en 1957, y El escándalo de los Wapshot, de 1964, su secuela. Tal vez una saga familiar de 600 páginas en total no sea la mejor forma de empezar a apreciar a un autor conocido como el Chejov de los suburbios, pero en el préstamo se incluye también un libro de relatos del que ya daré cuenta más adelante.

 
Pintoreso pueblecito marino típico de Nueva Inglaterra (vía)

Crónica de los Wapshot y El escándalo de los Wapshot narran la historia de la familia Wapshot. El padre, la madre, los dos hijos varones y la excéntrica tía Honora son los descendientes de una familia asentada en Saint Botolphs, un pueblo costero de Nueva Inglaterra que actúa como mágico lugar de retorno a la tierra para los Wapshot, que se aferran a ella bíblicamente como el lucidísimo árbol genealógico y pseudobíblico de los primeros episodios da a entender. La impresión se corrobora con el apego a las costumbres marinas de la familia, ahora degradadas a un barco de servicio privado de transporte de pasajeros, o con la participación de la madre en el desarrollo de la comunidad. La novela obviamente contiene descripción de costumbres y psicología de personajes, ambos muy apegados a la época y no sólo centrados en la Nueva Inglaterra. Si supera el posible tópico de estas narraciones es por el estilo del autor, que es peculiar, muy rítmico y atractivo, y dotado de cinismo rayano en el sarcasmo. Por un lado, sus descripciones de episodios cotidianos quedan simplificadas hasta el absurdo y construyen la frustración de las varias generaciones descritas. Por otro, se produce una cierta universalización al trabajar de fondo con varios arquetipos que trabaja probablemente desde cierto reconocimiento. Finalmente, se permite la licencia de alternar su narración omnisciente con el diario del padre, cuya sintaxis imposible de frases yuxtapuestas incompletas dan una visión irónica no ya del relato en sí sino del propio acto de construcción de la narración de una saga familiar.

No conozco lo suficiente para afirmar que los Wapshot pudieron ser la primera ficción que desmitificaba los EE.UU. de los años cincuenta mientras sucedían, atacando su misma concepción: los valores familiares incapaces de mantener un rico legado histórico por el cambio de vida debido al progreso posterior a la II GM, unos jóvenes pre-revolución del 68 frustrados y aburridos sexual y vitalmente, una vida laboral gris que confina a sus practicantes en no-lugares sin vida. El retrato sin clímax de unas vidas sin clímax, que desprende una profunda melancolía por los lugares, los trabajos o las personas que se soñaba que debían ser, pero resultaron que no podían ser.

 
John Cheever (vía)


15 de octubre de 2017

Bartual / Kirby


 
  
Roberto Bartual, guionista de un cómic bizarro como Los Ángeles de Santa María, y autor de un interesante corpus sobre teoría del cómic, nos regala antes de su previsible salto a la narración novelística convenientemente pop, este insólito ensayo sobre la obra del autor de cómics de superhéroes Jack Kirby desde el inédito punto de vista del análisis piscodélico. Jack Kirby. Una odisea psicodélica no es una biografía ni un ensayo completista sobre su obra. Contiene los datos biográficos, políticos y sociolaborales necesarios para comprender los posicionamientos del objeto de estudio, pero se somete enseguida al yugo de su tesis: comprobar la conexión que la obra de Kirby tuvo en relación al arte y la experiencia psicodélicos.

Bartual es consciente del atrevimiento, e indica cómo no hay registros de que Kirby consumiera nunca alucinógenos, y muestra la sorpresa de encontrar dibujos de Kirby anteriores a la eclosión y consiguiente popularidad general de la psicodelia que pudieron adelantarse a la misma sin utilizar su mecanismo primario de generación. Para aumentar la sorpresa, otros autores más adscritos a la contracultura y consumidores aparentes de LSD no dieron lugar a cómics que reflejaran especialmente bien los mejores resultados de la experiencia psicodélica.

 
Los cuatro fantásticos, de Jack Kirby y Stan Lee

Aunque este enigma ya había sido apuntado por algún colega, es Bartual en principio quien primero analiza en profundidad las razones para inscribir a Kirby dentro del arte psicodélico, y para ello repasa el desarrollo de su obra, centrada inicialmente en el cómic de superhéroes y posteriormente en sagas de fantasía, donde Kirby indagaba en aspectos de su interés (y son amplias, varias décadas en el negocio le sirvieron para hablar de aventuras bélicas, de superhéroes con problemas de matrimonio o laborales, de la relación entre la humanidad y la divinidad, de los héroes modernos y antiguos, la mitología y sus límites…). La hipótesis que permite a Bartual comprender la psicodelia en quien de manera alguna conocía qué era eso es la teoría del inconsciente colectivo y los arquetipos jungianos, que, según el autor, atraviesan la obra de Kirby encarnándose en los múltiples clichés que reproducen sus personajes, y que bien pueden incluir en la psicodelia una forma de manifestación incluida en el cableado duro de la mente. Al menos, de la de Jack Kirby.

 
Estela plateada, de Jack Kirby y Stan Lee

El texto de Jack Kirby. Una odisea psicodélica es singularmente modesto en el subrayado de su tesis. No es que no alcance momentos de brillantez y diversión, que lo hace, pero Bartual rebaja de continuo la afirmación o la necesidad de sus ideas permitiendo la aparición de la duda sobre sus aseveraciones, aunque demostrando con profusión de análisis pormenorizado de estética y temáticas lo ajustado de la asombrosa coherencia de Kirby con los rasgos de la cultura psicodélica. Todo ello sin obviar ni despreciar, más bien lo contrario, la obra más crematítisca del trabajador estajanovista que fue Kirby.

Henry Kissinger, el Capitán América y el Halcón, Jack Kirby

Nunca he sido un lector excesivo de cómic de superhéroes ni de las sagas fantásticas del tipo que Kirby cultivó, en aplicación de unos intereses propios tamizados por los de una industria que le ignoró y subestimó (aunque puede insluso discutirse que esto sucedía al revés). El libro de Bartual tampoco me ha convencido de leer a Kirby, pues sé que se favorece de la selección de viñetas únicas, y porque a pesar de que lo describe, en realidad no puede recoger el espíritu alargado y repetitivo de estos tebeos, que me resultaron francamente aburridos ya en mi juventud. En las viñetas seleccionadas puede bien observarse los subrayados enfáticos de los bocadillos explicativos, con sus letras en negrita o mayúsculas remarcando lo que ya el dibujo era capaz de expresar. El diseño de superhéroes y aventureros tiene lógicamente un mayor interés, un apego cultural con aire de catarsis que atraviesa Occidente desde Grecia y sus mitos, pero también se afecta de psicologías planas que se superan rápidamente cuando el éxito convierte a las obras en un bucle engorrosamente infinito de publicaciones. ¿Quizás en otra estructura de mercado el genio visual de Kirby y su capacidad de materializar arquetipos habría desarrollado obras más concretas y mejor narradas? No lo sé.

Pero de lo que sí me ha convencido Jack Kirby. Una odisea piscodélica es de seguir leyendo a Roberto Bartual, ya que estamos ante uno de esos casos poco frecuentes en que la calidad y esfuerzo de análisis e interpretación superan, para mi gusto –y escaso toque comercial, me temo- a la calidad del objeto.

 

 
 Jack Kirby (vía) y Roberto Bartual

25 de septiembre de 2017

La tierra para quien la trabaja


Levantado del suelo es una novela de José Saramago publicada en 1980, que precede a sus obras más conocidas, y que supuso su primer éxito editorial. Es una novela de corte realista y apegada al miserabilismo, que decidí leer durante un viaje de verano a Portugal este año a la misma región en que se desarrolla, el Alentejo. He sido lector bastante fiel de Saramago, aunque no conste en este blog, ya que hace más de diez años que no había tenido un libro suyo entre manos. Sucedía que en efecto había prácticamente terminado toda su obra principal y que alguno de sus últimos libros daban la sensación de una fórmula no diré agotada pero sí necesitada del mayor vigor de sus obras cumbre. 

Alentejo, azul y amarillo (vía)

El tema y los hechos narrados sobre todo en la primera parte de Levantado del suelo recuerdan al lector español al tremendismo que se extendió por gran parte de la literatura española de la postguerra y parte del desarrollismo, de Cela a Delibes, donde un destino cruel y determinista de pobreza, ignorancia y sumisión a los latifundistas, que aparentemente no tiene salida y se eterniza durante décadas, atenaza las vidas de los habitantes de los pequeños pueblos alejados de las ciudades. Pero, en el caso de Levantado del suelo, en la novela va apareciendo y desarrollándose una conciencia política y sindical por parte de los personajes, que se materializa en acción contra el poder, la debida reacción posterior mediante detenciones, torturas y cárcel, para terminar con las consecuencias del final de la dictadura portuguesa y la reforma agraria portuguesa, una moderada colectivización de la tierra en el Alentejo de finales de los setenta que finalmente acabó derogada. La Historia dialéctica, pues, aparece en la historia costumbrista, para romperla y otorgar poder y dignidad a los parias de la tierra. Esta segunda parte no existe en el tremendismo español porque éste en general se escribe antes del final de la dictadura española y, obviamente, no se lo puede permitir (Delibes por ejemplo escribió Los santos inocentes en 1981, y ahí el punto de vista crítico del narrador resulta más evidente; la novela no llega a la democracia y no puede tener el final feliz de Levantado del suelo, pero al menos el opresor recibe su merecido moral además de físico y no es sólo una fuerza invencible).

El reconocible estilo de Saramago está gozosamente presente en el texto, con una maravillosa brillantez y fluidez narrativas: la inserción de los diálogos en el párrafo sin líneas específicas, su aparentemente sencilla mezcla de voces narrativas -del narrador omnisciente al monólogo interior-, el uso de figuras sencillas como la reiteración irónica, la precisión de lugares y psicologías, y, especialmente, la ternura con que el autor comprende –creo que conseguida con la combinación de voces narrativas- a sus criaturas incluso en los casos más miserables, consiguen una inmersión algo alucinada del lector en una historia que no es precisamente novedosa, aunque probablemente resultó muy necesaria para el autor como forma de despegar a otros relatos en los que siguió usando este peculiar estilo literario. De hecho, la principal diferencia frente a la obra más conocida de Saramago, toda ella posterior a Levantado del suelo, es la ausencia de una parábola de carácter fantástico que muestre, desde el inicio de la trama, la condición humana, histórica o actual, bajo el prisma social y político de Saramago, un comunista de corte humanista.

Reconozco que el final optimista de una novela de esta temática me ha resultado esperanzador, a pesar de convertirse en una historia de tesis con un final que en realidad la historia portuguesa no corrobora. Pero la comparación con las novelas que retratan mundos similares en la literatura española me suponía una sombra importante que la segunda parte borra por completo. Que la novela encuentre el equilibrio del buenismo ideológico frente al uso del tremendismo es digno de un narrador con el genio preparado para arquitecturas más complejas. 



 
José Saramago (vía)




10 de septiembre de 2017

En el país de los Soviets


Svetlana Aleksiévich ganó el Premio Nobel de Literatura en 2015, y fue entonces masivamente traducida al castellano, e inmediatamente supimos de ella y de sus escritos sobre los desastres del final de la era soviética. Su libro más reciente al recibir el Premio era éste que traigo hoy aquí, El fin del ‘Homo sovieticus’, publicado en 2013, y que al parecer emplea la misma técnica periodístico-literaria que en toda su obra anterior: recoger testimonios personales de personas que vivieron determinados acontecimientos y a partir de ahí construir a través de ese conjunto literario una visión del asunto bajo estudio: la guerra, la industria soviética, Chernóbil, el fin de la URSS, etc…


Sabía que Aleksiévich era periodista, pero no que sus libros consistían en este tipo de relatos recogidos, historias de vida, o incluso novelas orales, en el que, por así decir, el esfuerzo de la documentación parece incluso superado por el del seguimiento y obtención de testimonios. Comprobar que las voces del libro no son en sí las de Aleksiévich me hizo ser escéptico ante el carácter de un premio dedicado a una carrera de creación literaria. Pero obviamente este escepticismo inicial parte de una reserva algo reaccionaria ante las nuevas formas de literatura que debemos considerar. Y la sola sospecha de que Aleksiévich no es voz presente y original en el texto fue ridícula por mi parte y la lectura del volumen así lo desmiente: existe una estructura no subrayada que articula los testimonios, que mantienen también cierta homogeneidad lingüística (que supongo es potenciada por la imprescindible traducción que no puede captar modismos generacionales o geográficos) que consigue que cada testigo individual no pierda su voz única, pero sin que la lectura global sea incoherente, deslavazada, o desoriente al lector. Al contrario.


Aunque el libro no lo sigue estrictamente, existe una cierta cronología de acontecimientos en las referencias de cada historia recogida y unida al relato común. También una cierta clasificación de problemas engarzados que conectan los relatos y permiten que los que el lector encuentra avanzado el libro sean más seguibles, incluso apetecibles, que los iniciales, en principio más cercanos a noticias que en su día todos pudimos seguir por los medios. Y Aleksiévich permite, por supuesto, un anecdotario generalmente emocional en cada entrevista que ayuda a fijar la psicología de cada personaje y actúa como fuga del drama generalizado retratado.


El fin del ‘Homo sovieticus’ tiene dos partes principales. La primera se dedica a la caída del régimen soviético en el segundo semestre de 1991, pero a partir del hecho en sí, los testigos hablan necesariamente del pasado. La añoranza de la patria que los nostálgicos dan por perdida tras lo que consideran traición de Gorbachov se centra sobre todo en la IIGM y la salvación de la nación ante la invasión alemana; también por supuesto en el logro de haber conseguido imponer la en 1991 recién perdida ideología comunista y en la obligación de su pervivencia hasta el punto claramente ideologizado de que los perseguidos y enviados al gulag no rechazan en gran medida al régimen, sino que consideran que sus equivocaciones –las deportaciones injustas- no emanaban del liderazgo de Stalin, al que creían engañado por la burocracia del estado/partido. Este estaba corrupto y todos lo admitían, pero no haber sido engañados en dicha construcción ideológica o nacional. Lamentan haber dejado atrás un mundo en que los parias de la tierra lograron al fin su dignidad, o una educación que primaba la lectura y la discusión, disculpando casi siempre el precio a pagar por millones de ellos o culpando a los demás. Aunque el internacionalismo comunista no les importa demasiado: el peso de la patria resulta sorprendentemente fuerte en la construcción sentimental de la pérdida que les desampara, y la narración de horrores superados se realiza en función de un valor mayor que el de su vida como individuos. Aunque cada ejemplo particular en general suela desmentirlo con los hechos, con, por ejemplo, la frecuencia de las delaciones interesadas o envidiosas a vecinos, amigos e incluso familiares.


La segunda parte se dedica a la vida en la nueva Rusia, la que definitivamente desmantela al homo soviéticus. La percepción del gobierno de Yeltsin como un desastre que desmonta los valores de la etapa anterior y convierte al dinero en el principal valor del país en apenas unos meses supone una gran frustración para la mayoría de los testigos. Tampoco los nuevos ricos, también voces orales del libro, resultan especialmente felices, refugiados en la autocomplacencia egoísta de un capitalismo frenético y desbordado en lucha frenética continua, pero sufriendo el miedo de la corrupción política arbitraria que ellos mismos ejercen. Aparecen datos inesperados, como la percepción de que el campo sigue manteniendo valores y formas soviéticas mientras que las ciudades se someten al más feroz mercado, con los más jóvenes emigrando en masa ante la facilidad aparente de vivir una vida más cómoda y con sus mayores no entendiendo los nuevos ritmos de vida ni la explotación de los viejos símbolos nacionales, un día sagrados y ahora objeto de negocio a diferentes niveles. Las diferentes guerras en las repúblicas periféricas, el envío de soldados a las mismas, los horrores del pasado de nuevo cometidos en ellas, o la inmigración ilegal interior y su represión en Moscú completan un panorama que asoma su sombra al presente…


El resultado es un retrato apasionante, quiero pensar que preciso, de un país terrible, muy poco cohesionado y de múltiples contradicciones, que no ha encontrado un relato común constructivo, pero en el que sus habitantes han sido educados en una dureza tremenda que gustan de practicar tanto en el juicio verbal realizado en privado como en el seguimiento a las corrientes del poder, sin capacidad para crear una sociedad de auténticos derechos civiles, o para que una mínima moral del individuo y sus derechos prevalezca. La impresión obtenida es cruel, siempre trágica, incluso tétrica, y la tentación es pensar que el conjunto de sistemas que las diferentes revoluciones han impuesto a sus habitantes es una red de trampas contra los propios habitantes que estos mismos incluso conscientemente gustan muchas veces de alimentar incluso sufriéndolas... No, El fin del ‘Homo soviéticus’ no es un libro edificante; no muestra una salida posible que pudiera dar esperanza, sino que más bien es un retrato de miseria humana engarzado y practicado en una parte demasiado importante del mundo, en el que hablar de las inefables características del alma rusa lleva a la desazón y las lágrimas. Y, en cierto modo, sólo el valor literario del libro permite respirar algo al terminarlo, aunque no he podido alimentar las ganas de leer más obras de la autora, al menos en breve.

(Aquí y aquí algunas indicaciones simples y encontradas sin más en la web de cómo ejecutar la metodología de la historia de vida en las ciencias sociales)

Svetlana Aleksiévich, fotografiada por Elke Weltzig (vía)